
Un libro de Claudia González y Lourdes Alcañiz
Prólogo por la presentadora de Univisión Giselle Blondet.
A lo largo de muchas generaciones, ser la mamá de un niño gordito, no ha sido motivo de preocupación en nuestra cultura; al contrario. Un bebé gordito era signo de su buena salud y de tener una buena madre que le cuidaba de forma adecuada. Lo mismo más o menos se aplicaba a los niños de pocos años de edad que estaban gorditos. La creencia común era que cuando el niño, o la niña, cumplieran doce, trece o catorce años, y creciese unos cuantos centímetros, la grasa y el exceso de peso desaparecerían. Seguro que alguna vez ha oído en su familia la historia de algún hermano, tía o primo que eran gorditos de pequeños, hasta que dieron “el estirón” y cambiaron.
Por todo ello, lo que verdaderamente ha preocupado a generaciones de madres y padres latinos no es que sus hijos estuvieran gorditos, sino que no comieran lo suficiente. Esta forma de pensar en la obesidad de los niños como algo bueno y deseable, sigue presente entre muchos de nosotros.
El problema es que las cosas han cambiado bastante en las últimas décadas. Antes, un niño gordito tenía más posibilidades de convertirse en un adulto sano y normal porque las comidas y el tipo de vida ayudaban a quemar más adelante ese exceso de grasa. Entre otras cosas, no se utilizaba tanto la comida rápida, las porciones eran mucho más pequeñas que ahora y caminar para ir a la escuela, jugar fuera o pasear con la familia era más común. Ahora, un bebé gordito tiene muchas probabilidades de ser un niño gordo y después un adulto obeso.